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| Problemas en la niñez |
Hoy en día muchos creemos que podemos controlarlo todo. Cuando nuestros hijos presentan problemas y no los podemos resolver comenzamos a desesperarnos y hasta nos culpamos.
Cuando sabemos que algo anda mal a veces pensamos lo peor y tardamos en hacer una consulta. Pero lo que en realidad provoca ansiedad y angustia es la incertidumbre y el desconocimiento de lo que sucede con nuestros niños.
Cuando conocemos y entendemos nos sentimos más tranquilos. Por eso que cuando los padres presienten que algo no anda del todo bien es fundamental realizar una primer consulta al pediatra, quien será el que recomiende hacer estudios o los derivará a algún profesional especializado en el tema.
Existen varios trastornos que se diagnostican por primera vez en la infancia. La mayoría son mucho más frecuentes de lo que uno se podría imaginar, e incluso tienen muy buen pronóstico si son diagnosticados y tratados a tiempo. Es por esta razón que se recomienda a los padres estar informados y atender a las necesidades de sus hijos.
Algunos de los problemas más comunes que aparecen en la niñez serán tratados a continuación. Dentro de los Trastornos del Aprendizaje el más frecuente es la Dislexia, o también llamado: Trastorno de la Lectura y frecuentemente aparece asociado con otros Trastornos del Aprendizaje como el Trastorno de la Escritura o del Cálculo. Los Trastornos del Aprendizaje son fácilmente identificables porque provocan un bajo rendimiento escolar, sustancialmente por debajo de lo esperado con la edad del niño, la inteligencia y la enseñanza apropiada a su edad.
El Trastorno por Déficit de Atención también es fácilmente identificable ya que los niños presentan bajo rendimiento académico, aunque acompañado de quejas por parte de los maestros y compañeros de mala conducta.
El Tartamudeo es el Trastorno de la Comunicación más frecuente, así como también encontramos a la Enuresis dentro de los Trastornos de la Eliminación.
Por último se tratarán dos de los trastornos más preocupantes para la mayoría de los padres, el Retraso Mental y el Autismo. |
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Dislexia
La dislexia, también llamado "Trastorno de la Lectura", es bastante frecuente, y suele presentarse asociado con el Trastorno para la Expresión Escrita y/o el Trastorno del Cálculo. Es uno de los Trastornos de Aprendizaje más comunes.
El 60-80% de los niños con Dislexia son varones. En Estados Unidos la Dislexia aparece en un 4% de los niños con edad escolar.
La característica esencial de dicho trastorno es un rendimiento de lectura (en precisión, velocidad o comprensión de la lectura) que se sitúa sustancialmente por debajo de lo esperado en función de la edad del niño, la escolaridad correspondiente a esta edad y de su coeficiente intelectual.
Esta alteración interfiere significativamente en el rendimiento académico o en la vida cotidiana.
Si el niño presenta un déficit sensorial, las dificultades de lectura exceden de las habitualmente asociadas a él.
La lectura oral se caracteriza por distorsiones, sustituciones u omisiones; tanto la lectura oral como la silenciosa se caracterizan por lentitud y errores en la comprensión.
Cuando la Dislexia se asocia a un Coeficiente Intelectual (CI) alto, este trastorno puede no ponerse de manifiesto hasta el cuarto curso aproximadamente y el niño puede alcanzar el mismo rendimiento que sus compañeros.
Si la Dislexia es descubierta a una edad temprana, el pronóstico es satisfactorio en la mayoría de los casos. La Dislexia puede persistir durante la edad adulta.
Varios estudios han demostrado que es frecuente que haya antecedentes de Dislexia en la familia.
Tratamiento
El tratamiento más elegido es un método desarrollado por Samuel Orton. Este y otros métodos similares se basan en la asunción básica de que la dificultad de los niños para manejar letras y sílabas es la clave del fracaso al aprender a leer, por lo tanto, si se les enseña a manejar los grafemas, aprenderán a leer.
La relación entre el paciente y el terapeuta es fundamental para el éxito de la terapia educativa de refuerzo.
Los niños con Dislexia deben estar en el curso más próximo como sea posible a su funcionamiento social y deben realizar trabajos de refuerzo especial en lectura. Los posibles problemas emocionales o de conducta que pueden coexistir se deben tratar también con medios psicoterapéuticos. También puede ser eficaz la atención psicológica a los padres.
Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad
Este trastorno es mucho más frecuente en varones que en mujeres. Aparece entre el 3 y el 5% de los niños de edad escolar. Es uno de los trastornos de conducta más frecuentes de la infancia.
La característica esencial de este trastorno es un patrón persistente de desatención y/o hiperactividad-impulsividad, que es más frecuente y grave que el que es observado habitualmente en los niños de un nivel de desarrollo similar.
Algunos síntomas de hiperactividad-impulsividad o desatención causantes de problemas pueden haber aparecido antes de los 7 años. Sin embargo, bastantes son diagnosticados habiendo estado presentes los síntomas durante muchos años. Algún problema relacionado con los síntomas debe producirse en dos situaciones por lo menos (p. ej. en casa y en la escuela o en el trabajo).
Debe haber pruebas claras de interferencia en la actividad social, académica o laboral propia del nivel de desarrollo. Los sujetos que padecen este trastorno pueden no prestar atención suficiente a los detalles o cometer errores por descuido en tareas escolares o en otros trabajos.
El trabajo suele ser sucio y descuidado y realizado sin reflexión. Estas personas suelen presentar dificultades para mantener la atención en actividades laborales o lúdicas, resultándoles difícil persistir en una tarea hasta finalizarla.
A menudo parecen tener la mente en otro lugar, como si no escucharan lo que se está diciendo. Pueden empezar una tarea, seguir con otra y luego empezar con una tercera, sin terminar ninguna. A menudo no siguen instrucciones ni órdenes, y no llegan a completar las tareas escolares, encargos u otros deberes.
Las tareas que exigen un esfuerzo mental sostenido son experimentadas como desagradables y sensiblemente aversivas. En consecuencia, evitan o experimentan un fuerte disgusto hacia actividades que exigen un a dedicación personal y un esfuerzo mental sostenido o que implican exigencias organizativas o una notable concentración (p.ej. tareas de papel o lápiz). Los hábitos de trabajo suelen estar desorganizados y los materiales necesarios para realizar una tarea acostumbran a estar dispersos, perdidos o tratados sin cuidados y deteriorados.
Se distraen con facilidad ante estímulos irrelevantes, interrumpen frecuentemente las tareas que están realizando para atender a ruidos o a hechos triviales que usualmente son ignorados sin problema por los demás (p.ej. el ruido de un automóvil, una conversación lejana). Suelen ser olvidadizos en lo que concierne a las actividades cotidianas (p.ej. olvidan citas).
En situaciones sociales los déficits de atención pueden expresarse por cambios frecuentes en la conversación, no escuchar a los demás, no atender las conversaciones y no seguir los detalles o las normas de juego o actividades.
La hiperactividad puede manifestarse por estar inquieto o retorciéndose en el asiento, por un exceso de correr o saltar en situaciones que resulta inadecuado hacerlo, experimentando dificultades para jugar o dedicarse tranquilamente a actividades de ocio, aparentando estar a menudo "en marcha" o como si "tuviera un motor", o hablando excesivamente.
La hiperactividad puede variar en función de la edad y el nivel de desarrollo del sujeto. Los niños pequeños y preescolares con este trastorno difieren de los niños pequeños normalmente activos por estar constantemente en marcha y tocarlo todo, se precipitan a cualquier sitio, salen de la casa antes de ponerse el abrigo, se suben o saltan sobre un mueble, corren por toda la casa y experimentan dificultades para participar en actividades sedentarias de grupo en las clases preescolares (p.ej. para escuchar un cuento).
Los niños de edad escolar despliegan comportamientos similares, pero usualmente con menos frecuencia que los más pequeños. Tienen dificultades para permanecer sentados, se levantan a menudo, se retuercen en el asiento o permanecen sentados en su borde. Trajinan objetos, dan palmadas y mueven sus pies y sus piernas excesivamente. A menudo se levantan de la mesa durante las comidas, mientras miran televisión o durante actividades tranquilas.
En los adolescentes o adultos, los síntomas de hiperactividad adoptan la forma de sentimientos de inquietud y dificultades para dedicarse a actividades sedentarias tranquilas.
La impulsividad se manifiesta por impaciencia, dificultad para aplazar respuestas, dar respuestas precipitadas antes de que las preguntas hayan sido completadas, dificultad para esperar un turno, e interrumpir o interferir frecuentemente a otros hasta provocar problemas en situaciones sociales académicas o laborales. Las personas que poseen este trastorno suelen hacer comentarios fuera de lugar, no atienden las normas que se les dan, inician conversaciones en momentos inadecuados, interrumpen a los demás excesivamente, se inmiscuyen en los asuntos de los demás, se apropian de los objetos de otros, tocan cosas que no debieran, hacen payasadas.
La impulsividad puede dar lugar a accidentes (p. ej golpearse con objetos, golpear a otras personas, agarrar una cazuela caliente) y a incurrir en actividades potencialmente peligrosas sin considerar sus posibles consecuencias (p.ej patinar en un terreno abrupto).
Las manifestaciones comportamentales suelen producirse en múltiples contextos, que incluyen el hogar, la escuela, el trabajo y situaciones sociales. Para poder establecerse el diagnóstico es necesario que se dé en al menos dos de estas áreas.
Habitualmente los síntomas empeoran en las situaciones que exigen una atención o un esfuerzo mental sostenidos y que carecen de atractivo o novedad intrínsecos (p. ej escuchar al maestro en clase, hacer los deberes, escuchar o leer textos largos o trabajar en tareas monótonas o repetitivas).
Los síntomas del trastorno pueden ser mínimos o nulos cuando la persona en cuestión se halla bajo un control muy estricto, en una situación nueva, dedicada a actividades especialmente interesantes, en una situación de relaciona personal de uno a uno (p.ej. en el despacho del clínico) o mientras experimenta gratificaciones frecuentes por el comportamiento adecuado. Los síntomas tienden a presentarse con más frecuencia en situaciones de grupo (p. ej. en grupos de juego, clases o ambientes laborales).
Existen varios subtipos:
Trastorno por déficit de atención con hiperactividad, tipo combinado. Este subtipo hace referencia a las personas en las que al menos 6 síntomas de desatención y 6 de hiperactividad-impulsividad han persistido por más de 6 meses. La mayor parte de los niños y adolescentes con este trastorno tienen este subtipo.
Trastorno por déficit de atención con hiperactividad, tipo con predominio de déficit de atención. En estas personas han subsistido por lo menos durante 6 meses 6 o más síntomas de desatención.
Trastorno por déficit de atención con hiperactividad, tipo con predominio hiperactivo-impulsivo. En estas personas han subsistido por lo menos durante 6 meses 6 o más síntomas de hiperactividad-impulsividad.
Algunos síntomas asociados a estos trastornos son:
Baja tolerancia a la frustración.
Arrebatos emocionales.
Autoritarismo.
Testarudez.
Insistencia excesiva y frecuente en que se satisfagan sus peticiones.
Cambios de humor repentinos.
Desmoralización.
Disforia.
Rechazo por parte de compañeros y baja autoestima.
Con frecuencia el rendimiento académico está devaluado y afectado, lo que conduce a conflictos con la familia y el profesorado.
La inadecuada dedicación a tareas que requieren un esfuerzo sostenido suele interpretarse por los demás como pereza, escaso sentimiento de responsabilidad y comportamiento oposicionista.
Las relaciones familiares se caracterizan por resentimientos y antagonismos, especialmente a causa de la variabilidad de las características sintomáticas, lo que facilita la creencia de que todo el comportamiento es voluntario.
Pueden alcanzar rendimientos académicos inferiores a sus compañeros y conseguir rendimientos laborales inferiores.
Su desarrollo intelectual, verificado por los tests de Coeficiente Intelectual (CI) a veces puede ser algo inferior al de los otros niños.
En su forma agrave este trastorno es muy perturbador, afectando la adaptación social, familiar y escolar.
Tratamiento
Farmacoterapia
Los medicamentos más utilizados son las anfetaminas, el metilfenidato y pemolina. La FDA (Food and Drug Administration) admite la administración de dextroanfetamina a niños desde los tres años y de metilfenidato desde los 6 años, ya que son los medicamentos más utilizados.
El metilfenidato ha demostrado ser efectivo en las tres cuartas partes de los niños con THDA y tiene pocos efectos secundarios. Es una medicación de actuación breve, generalmente administrada para que haga efecto durante el horario escolar, para que los niños puedan atender a las tareas y asistir a clase.
Los efectos secundarios más comunes son las cefaleas gastralgia, náuseas e insomnio. Algunos niños parecen experimentar un efecto de rebote y parecen estar más hiperactivos y ligeramente más irritables durante un periodo breve, cuando el efecto de la medicación desaparece.
En los niños con tics motores es necesario ser cautelosos ya que en algunos casos el metilfenidato puede agravar el trastorno de tics. Otra preocupación acerca de esta medicación es si produce enlentecimiento del crecimiento o no. Lo cierto es que aun esto no se ha esclarecido.
Los antidepresivos como la imipramina, desipramina y nortriptilina, se han usado para tratar el TDHA con cierto éxito. Sobretodo en niños que además presentan trastornos de ansiedad o depresivos. El uso de antidepresivos requiere la monitorización de la función cardíaca.
En síntesis, los estimulantes siguen siendo la mejor opción para el tratamiento de THDA.
Psicoterapia
La medicación por sí misma no suele satisfacer las necesidades terapéuticas completas de los niños con THDA y es por eso que es necesario un tratamiento terapéutico complementario.
Cuando están recibiendo medicación, los niños son capaces de explorar lo que este trastorno significa y eliminar conceptos erróneos, como por ejemplo: "Estoy loco". El niño debe entender que no siempre se puede ser perfecto.
Cuando se los ayuda a estructurar su entorno la ansiedad disminuye. Por eso sus padres y profesores deben establecer un régimen de castigos y recompensas, usar un modelo de terapia de conducta estructurado y aplicarlo con el niño. Es importante recalcar en el tratamiento que los niños con THDA debe, al igual que los demás aprender a adquirir responsabilidades.
Tartamudeo
La característica esencial del tartamudeo es un trastorno de la fluidez normal y estructuración temporal del habla, que es inapropiada para la edad del niño. Este trastorno se caracteriza por:
Frecuentes repeticiones o prolongaciones de sonidos o sílabas.
Interjecciones.
Fragmentación de palabras (p. ej. pausas dentro de una palabra).
Bloqueo audible o silencioso (p. ej. pausas en el habla ocupadas o no).
Circunloquios (esto es, sustituciones de palabras para evitar palabras problemáticas).
Palabras producidas con un exceso de tensión física y repetición de palabras monosilábicas (p. ej. "Yo-yo-yo lo veré").
La alteración de la fluidez interfiere el rendimiento académico o laboral, o la comunicación social. Si hay un déficit sensorial o motor del habla las deficiencias del habla son superiores a las asociadas usualmente a estos problemas.
La intensidad del trastorno varía en función de las situaciones y a menudo es más grave cuando se produce una presión especial para comunicar (p. ej. ser preguntado en clase o entrevistado para conseguir un empleo). El tartamudeo suele no producirse durante la lectura oral, cantando o hablando a objetos inanimados o animales.
Al iniciarse el tartamudeo la persona puede no ser consciente del problema, desarrollándose posteriormente conciencia e incluso la anticipación ansiosa de su dificultad. La persona puede intentar evitar el tartamudeo mediante mecanismos lingüísticos (p.ej. alterando la velocidad del habla, evitando ciertas situaciones verbales como telefonear o hablar en público, o evitando ciertas palabras o sonidos). Se ha observado que el estrés o la ansiedad exacerban el tartamudeo. Debido a la ansiedad, frustración o baja autoestima asociadas, puede producirse una alteración de la actividad social. En los adultos el tartamudeo puede limitar la elección o el progreso laborales.
El tartamudeo en niños se presenta en un 1% y desciende a un 0,8% en la adolescencia. En el varón es tres veces más frecuente.
Este trastorno suele iniciarse entre los 2 y los 7 años. En el 98% de los casos se produce antes de los 10 años. Comienza gradualmente y al principio el niño no es consciente del tartamudeo. Luego las alteraciones se hacen cada vez más frecuentes. Más del 80% se recupera, de los cuales un 60% lo hace de manera espontánea. Habitualmente la recuperación se produce antes de los 16 años.
Varias investigaciones han demostrado la presencia de un factor genético en el tartamudeo. El riesgo de tartamudeo entre familiares biológicos de primer grado (padres) es tres veces superior al riesgo observado en la población general. En el caso de varones tartamudos, alrededor del 10% de sus hijas y el 20% de sus hijos también lo serán.
Enuresis (no debida a una enfermedad médica)
A los 5 años de edad la prevalencia de enuresis es del 7 % en varones y del 3 % en mujeres; a los 10 años de edad la prevalencia es del 3 % en varones y del 2 % en mujeres. A los 18 años de edad la prevalencia es del I % en varones y en menor proporci6n en mujeres.
La característica esencial de la enuresis es la emisión repetida de orina durante el día o la noche en la cama o en los vestidos. En la mayor parte de los casos este hecho suele ser involuntario, pero en ocasiones es intencionado.
La emisión de orina debe ocurrir por lo menos dos veces por semana durante un mínimo de 3 meses, o bien debe provocar malestar clínicamente significativo o deterioro social, académico (laboral) o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.
El niño debe haber alcanzado una edad en la que es esperable la continencia (esto es, la edad debe ser por lo menos de 5 años, o en niños con retraso del desarrollo, una edad mental de, como mínimo 5 años).
La situación en que ocurre la enuresis puede clasificarse según uno de los siguientes subtipos:
Sólo nocturna. Es éste el subtipo más frecuente y se define como la emisión de orina sólo durante el sueño nocturno. El episodio enurético ocurre típicamente durante el primer tercio de la noche. Ocasionalmente, tiene lugar durante el período de movimientos oculares rápidos (REM) del sueño y el niño puede recordar un sueño que implicaba el acto de orinar.
Sólo diurna. Este subtipo se define como la emisión de orina s6óo durante las horas de vigilia. La enuresis diurna es más frecuente en mujeres que en varones y es poco frecuente tras los 9 años de edad. El episodio enurético suele sobrevenir en la mayor parte de los casos a primeras horas de la tarde en los días escolares. La enuresis diurna se debe a veces a una resistencia a utilizar el inodoro por ansiedad social o por una preocupación relacionada con la actividad escolar o lúdica.
Nocturna y diurna. Este subtipo se define como una combinación de los dos tipos anteriores.
Son varias las consecuencias de la enuresis en el niño: sobre las actividades sociales (p. ej., imposibilidad de dormir fuera de casa), sobre su autoestima, también produce introversión social y cólera. El niño muchas veces se ve sometido al castigo y el rechazo ejercido por sus cuidadores.
Aunque la mayor parte de los niños con enuresis no presentan un trastorno mental coexistente, la prevalencia de trastornos mentales y de otros trastornos del desarrollo coexistentes es mayor que en la poblaci6n general. Pueden asociarse encopresis, sonambulismo y terrores nocturnos. Las infecciones del tracto urinario son más frecuentes en niños con enuresis, en especial del tipo diurno, que en los continentes. La enuresis suele persistir tras el tratamiento apropiado de una infección asociada.
Se han sugerido varios factores predisponentes, entre los que se incluyen un adiestramiento del control de esfínteres retrasado laxo, el estrés psicosocial, una disfunción de la capacidad para concentrar la orina y un umbral del volumen vesical para la emisión voluntaria más bajo de lo normal.
Se han descrito dos tipos de curso de enuresis:
tipo "primario", en el que el sujeto nunca ha establecido, continencia urinaria, y se inicia a los 5 años de edad.
tipo "secundario" en el que el trastorno se desarrolla después de un período de continencia urinaria establecida. La época más frecuente en que se inicia una enuresis secundaria es los 5 a 8 años de edad, pero ésta puede ocurrir en cualquier momento. Después de los 5 años de edad, la tasa de remisión espontánea oscila entre el 5 y el 10 % anual. La mayor parte de los niños con este trastorno se hacen continentes durante la adolescencia, pero aproximadamente en el 1 % de los casos el trastorno se prolonga hasta la edad adulta.
Aproximadamente el 75 % de todos los niños enuréticos tiene un familiar biológico en primer grado que también ha sufrido el trastorno. La concordancia en cuanto al trastorno es mayor en gemelos monocigotos que en dicigotos.
Tratamiento
Debido a que normalmente no hay una causa identificable que explique la enuresis, ya que ésta tiende a remitir espontáneamente, incluso sin tratamiento, diferentes formas de abordaje han resultado exitosas:
Entrenamiento en hábitos higiénicos. Se incentiva a los padres a que refuercen o premien al niño cuando logra contener. Para ello es necesario que lleven un registro minucioso de los progresos de su hijo. Los premios son fichas en forma de estrellas que el niño irá acumulando y que luego podrá canjear por un juguete. También resulta útil que los padres lo despierten durante la noche para que vaya al baño, pero es importante que el niño se despierte y sea consiente de lo que está haciendo.
Terapia conductual. Es el tratamiento más efectivo para la enuresis. Consiste en un sistema de alarma especialmente diseñado para ser activado ante la primer gota de orina. El niño se despierta cuando siente la alarma o cosquilleo y debe intentar retener, para luego levantarse e ir al baño. Muchas veces se les da la indicación de orinar de a poco, esto es, largar una primer orina y retener. Esto se repite dos o tres veces cada vez que va al baño y la finalidad es lograr fortalecer los músculos esfinterianos.
Farmacoterapia. Los fármacos son raramente usados, sólo son utilizados como último recurso en casos intratables y cuando las consecuencia socioemocionales son serias para el niño. La imipramina (Tofranil) es el más efectivo.
Psicoterapia. La psicoterapia sola no es un tratamiento efectivo para la enuresis. Siempre debe hacerse un abordaje multidisciplinario. Es importante una buena supervisión a los padres, así como también la terapia de grupo para los niños, ya que de esta manera descubren que hay muchos otros niños de su edad con el mismo problema.
Encopresis
Más del 95% de los niños adquiere el control intestinal aproximadamente a los 4 años y el 99% lo hace a los 5.
Se estima que aproximadamente el 1 % de los niños de 5 años de edad presenta encopresis y que el trastorno es 3 0 4 veces más frecuente en varones que en mujeres.
Un adiestramiento del control de esfínteres inadecuado e incoherente y el estrés psicosocial (p. ej., entrar en la escuela o el nacimiento de un hermano) pueden ser factores predisponentes.
Se han descrito dos tipos de curso: un tipo "primario" en que el sujeto nunca ha adquirido continencia fecal y un tipo "secundario" en que la alteración se desarrolla tras un período de continencia fecal. La encopresis puede persistir con exacerbaciones intermitentes durante años pero muy rara vez se cronifica.
La característica esencial de la encopresis es la emisión repetida de heces en lugares inadecuados (p. ej., la ropa o el suelo). En la mayor parte de los casos puede ser involuntaria, pero en ocasiones es intencionada.
Debe ocurrir por lo menos una vez al mes durante 3 meses como mínimo, y la edad del niño debe ser por lo menos de 4 años (o, para los niños con retraso del desarrollo, una edad mental mínima de 4 años).
La incontinencia fecal no puede deberse exclusivamente a los efectos fisiológicos directos de una sustancia (p. ej., laxantes) ni de una enfermedad médica, excepto por algún mecanismo que implique estreñimiento.
Cuando la emisión de heces es más involuntaria que intencionada suele ir asociada a estreñimiento, ventosidades y retención con el rebosamiento consiguiente.
El estreñimiento puede producirse por razones psicológicas (p. ej., ansiedad al defecar en un lugar concreto o un patrón más general de ansiedad o de comportamiento negativista), lo que conduce a una evitación de la defecación. Las predisposiciones fisiológicas al estreñimiento incluyen la deshidratación asociada a una enfermedad febril, el hipotiroidismo o el efecto secundario de una medicación.
Existen distintos subtipos de encopresis:
Con estreñimiento e incontinencia por rebosamiento. La exploración física o la historia clínica ponen de manifiesto la existencia de estreñimiento. Característicamente (aunque no siempre), las heces están escasamente estructuradas y se observa un rezumar continuo, ocurriendo tanto durante el día como durante el sueño. En la defecación normal sólo se expulsan pequeñas cantidades de heces, y la incontinencia se resuelve tras el tratamiento del estreñimiento.
Sin estreñimiento ni incontinencia por rebosamiento. Ni la exploración fisica ni la historia clínica ponen de manifiesto la existencia de estreñimiento. Las heces tienden a ser de forma y consistencia normales, y la aparición de heces es intermitente. Las heces pueden depositarse en un lugar preferente. Este trastorno suele asociarse a un "trastorno negativista desafiante" o a un "trastorno disocial", o bien es la consecuencia de masturbación anal.
El niño con encopresis suele sentirse avergonzado y puede desear evitar las situaciones (p. ej. campamento o escuela) que pudieran producirle embarazo. La importancia de la alteración depende de su efecto sobre la autoestima del niño, el grado de introversión social determinado por los compañeros y la cólera, el castigo y el rechazo manifestados por los cuidadores.
El embadurnamiento con heces puede ser deliberado o accidental, resultando del intento del niño por limpiar ocultar las heces que expulsó involuntariamente. Cuando la incontinencia es claramente deliberada, cabe observar características del "trastorno desafiante" o de "trastorno disocial". Muchos niños con encopresis presentan también enuresis.
Tratamiento
Uno de los objetivos es reducir la tensión familiar con respecto a los síntomas del niño. Se debe intentar revertir la atmósfera punitiva que suele instalarse en el seno de estas familias. La psicoterapia se orienta a reducir estas tensiones, así como también para fortalecer la autoestima y reducir el aislamiento social del niño.
Las técnicas conductuales han demostrado ser eficaces. Generalmente se utilizan reforzadores, es decir, premios en forma de estrellas cuando el niño logra contener. Así va juntando estas fichas en una pizarra en su dormitorio.
Retraso mental
Este trastorno comienza antes de los 18 años y se caracteriza por una capacidad intelectual general significativamente por debajo del promedio (un coeficiente intelectual aproximadamente 70 o inferior).
El niño presenta un déficit o insuficiencia en la actividad adaptativa. Hace referencia a cómo cumplen las normas de autonomía personal esperables de alguien situado en su grupo de edad, origen sociocultural, y ubicación comunitaria particulares.
Estas limitaciones significativas aparecen en por lo menos dos de las siguientes áreas de habilidades:
Comunicación.
Cuidado de sí mismo.
Habilidades sociales/interpersonales.
Trabajo.
Ocio.
Salud.
Utilización de recursos comunitarios.
Autocontrol.
Habilidades académicas funcionales.
Seguridad.
El Retraso Mental es más frecuente en varones, con una proporción varón a mujer aproximadamente de 1,5:1. Un 1% de la población padece este trastorno.
El diagnóstico de Retraso Mental requiere que el inicio del trastorno sea anterior a los 18 años. La edad y el modo de inicio dependen de la etiología y la gravedad del retraso mental.
Puede ser leve, moderado, grave o profundo. Estos grados de intensidad se diferencian de acuerdo con el nivel de insuficiencia intelectual que presentan.
Retraso mental leve
Es equivalente a lo que se considera en la categoría pedagógica como "educable". Este grupo incluye la mayoría (alrededor del 85%) de las personas afectadas por este trastorno.
Suelen desarrollar habilidades sociales y de comunicación durante los años preescolares, tienen insuficiencias mínimas en las áreas sensoriomotoras y con frecuencia no son distinguibles de otros niños sin retraso mental hasta edades posteriores.
Durante los últimos años de su adolescencia pueden adquirir conocimientos académicos que les sitúan aproximadamente en un sexto curso de enseñanza básica.
Durante su vida adulta, acostumbran a adquirir habilidades sociales y laborales adecuadas para una autonomía básica, pero pueden necesitar supervisión, orientación y asistencia, especialmente en situaciones de estrés social o económico desusado. Contando con apoyo adecuado, estas personas pueden vivir satisfactoriamente en la comunidad, ya sea de manera independiente o en establecimientos supervisados.
Retraso mental moderado
Equivale aproximadamente a la categoría pedagógica de "adiestramiento". No debería usarse este término anticuado, porque implica erróneamente que las personas con retraso mental moderado no pueden beneficiarse de programas pedagógicos. Este grupo constituye alrededor del 10% de toda la población con retraso mental.
La mayoría adquiere habilidades de comunicación durante los primeros años de la niñez. Pueden aprovecharse de una formación laboral, y con supervisión moderada, atender a su propio cuidado personal. También pueden beneficiarse de entrenamiento en habilidades laborales y sociales, pero es improbable que progresen más allá de un segundo nivel en materias escolares. Pueden aprender a trasladarse independientemente por lugares que les son familiares.
Durante la adolescencia, las dificultades para reconocer las convenciones sociales pueden interferir las relaciones con otras personas.
Alcanzada la etapa adulta, son capaces de realizar trabajos no calificados o semicalificados, con supervisión, en talleres especiales o en el mercado general del trabajo.
Retraso mental grave
El grupo de personas con retraso mental grave incluye el 3-4 % de los individuos con retraso mental.
Durante los primeros años de la niñez adquieren un lenguaje comunicativo escaso o nulo. Durante la edad escolar pueden aprender a hablar y pueden ser adiestrados en habilidades elementales de cuidado personal. Se benefician sólo limitadamente de la enseñanza de materias preacadémicas como la familiaridad con el alfabeto y el cálculo simple, pero pueden dominar ciertas habilidades como el aprendizaje de la lectura global de algunas palabras imprescindibles para la "supervivencia".
En la adultez pueden ser capaces de realizar tareas simples bajo supervisión en instituciones. En su mayoría se adaptan bien a la vida en la comunidad, sea en hogares colectivos o con sus familias, a no ser que sufran alguna discapacidad asociada que requieran cuidados especializados o cualquier otro tipo de asistencia.
Retraso mental profundo
Este grupo incluye aproximadamente el 1-2 % de las personas con retraso mental. La mayoría presenta una enfermedad neurológica identificada que explica su retraso mental.
Durante los primeros años de la niñez desarrollan considerables alteraciones del funcionamiento sensoriomotor. Puede predecirse un desarrollo óptimo en un ambiente altamente estructurado con ayudas y supervisión constantes, así como con una relación individualizada con el educador. El desarrollo motor y las habilidades para la comunicación y el cuidado personal pueden mejorar si se les somete a un adiestramiento adecuado. Algunos llegan a realizar tareas simples en instituciones protegidas y estrechamente supervisados.
Factores predisponentes
Las causas pueden ser primariamente biológicas o psicosociales, o alguna combinación de ambas. En aproximadamente un 30-40 % de los individuos asistidos en centros clínicos no puede determinarse una causa clara del retraso mental a pesar de las múltiples exploraciones.
Los principales factores predisponentes son los siguientes:
Herencia (aproximadamente un 5 %). Estos factores incluyen errores innatos del metabolismo heredados principalmente mediante mecanismos recesivos autosómicos (p.ej., enfermedad de Tay-Sachs), otras anormalidades de un único gen con herencia mendeliana y expresión variable (p. ej., esclerosis tuberosa) y aberraciones cromosómicas (p. ej., síndrome de Down por translocación, síndrome de X frágil).
Alteraciones tempranas del desarrollo embrionario (aproximadamente un 30 %). Estos factores incluyen alteraciones cromosómicas (p. ej., Síndrome de Down debido a trisomía 21) o afectación prenatal por toxinas (p. ej., consumo materno de alcohol, infecciones).
Problemas del embarazo y perinatales (aproximadamente un 10 %). Estos factores incluyen malnutrición fetal, prematuridad, hipoxia, infecciones víricas y otras, y traumatismos.
Enfermedades médicas adquiridas durante la infancia y la niñez (aproximadamente un 5%). Estos factores incluyen infecciones como la meningitis o encefalitis, traumatismos y envenenamiento (p. ej., por plomo).
Influencias ambientales y otros trastornos mentales (aproximadamente un 15-20 %). Estos factores incluyen privación de crianza y de estimulaci6n social, lingüística y de cualquier otro orden, así como trastornos mentales graves (p. ej., trastorno autista).
Tratamiento
En la mayor parte de los casos el Retraso Mental es un problema crónico, por lo que generalmente hay una tendencia a hablar de "tratamientos de apoyo" u orientados a aumentar la calidad de vida.
Los individuos que presentan un Retraso Mental Leve precozmente manifestado por el fracaso en tareas de aprendizaje académico, si gozan de oportunidades y adiestramiento adecuados, pueden desarrollar en otros terrenos buenas habilidades adaptativas y, a partir de un cierto momento, no presentar el grado de afectación requerido para un diagn6stico de retraso mental.
En 1969 apareció una propuesta del escandinavo Bank-Mikkeelsen a la "integración" de los niños con retraso mental, y es la que actualmente intenta arraigarse en nuestro país.
La integración hace referencia a la utilización de medios "normales" y compañeros "normales" que ayuden a que el retrasado mental tenga una vida lo más cercana posible al niño no retrasado mental. Esto generó una reforma educativa, encaminada a fomentar la externalización de estos niños retrasados de los centros especiales y situarlos en centros educativos normales.
Pero a mitad de los ochenta, en los países desarrollados el fenómeno de la integración masiva e indiscriminada había fracasado y por lo tanto se comenzó a articular un esquema teórico diferencial, en el que importa más el análisis del caso individual y la eficacia de los contextos/apoyos para lograr el máximo desarrollo del potencial humano del retrasado metal, que su adscripción a un ambiente educacional "integrado" desde el comienzo.
Existe una enorme variabilidad de las personas con Retraso Mental, y esta diversidad lleva consigo la necesidad de generar servicios especializados y diversificados en función de las necesidades que cada uno tenga.
Paralelamente a estos cambios, se fue incorporando gradualmente a los padres en un papel más activo en el tratamiento de sus hijos.
La educación familiar es uno de los recursos más importantes para el tratamiento del retraso mental. La familia suele tener dificultades para equilibrar la independencia del niño con la necesidad de brindarle un ambiente de apoyo y cuidado, porque estos niños suelen experimentar distintos grados de fracaso y rechazo fuera del contexto familiar.
La terapia familiar es de gran ayuda para los padres, en donde encuentran un espacio para expresar sus sentimientos de culpabilidad, desesperación, angustia, negación recurrente y angustia.
En algunos casos es necesaria la utilización de fármacos porque hay ciertas conductas que sólo pueden ser controladas de esta manera.
Generalmente la farmacoterapia es recomendada cuando existen:
Conductas agresivas y de autolesión.
Conductas de rabia explosiva.
Trastorno de Hiperactividad/Déficit de atención.
El curso del Retraso Mental está influido por la evolución de las enfermedades médicas subyacentes y por factores ambientales (p. ej., pedagógicos y afines, estimulación ambiental e idoneidad del trato general otorgado). Si la enfermedad médica subyacente es de carácter estático, muy probablemente el curso será variable, dependiendo de factores ambientales.
Cuanto más grave es el Retraso Mental (especialmente si es grave o profundo), tanto mayor es la probabilidad de enfermedades neurológicas (p. ej., convulsiones), neuromusculares, visuales, auditivas, cardiovasculares o de otro tipo. Estas enfermedades también requerirán de tratamiento.
Autismo
Los estudios epidemiológicos sugieren unas tasas del trastorno autista de 2-5 casos por cada 10.000 individuos. Se presenta en los varones con una frecuencia de cuatro a cinco veces mayor que en las mujeres. Sin embargo, las mujeres autistas son más propensas a experimentar un Retraso Mental más grave.
Las características esenciales del trastorno autista son la presencia de un desarrollo marcadamente anormal o deficiente de ella interacción y comunicación sociales y un repertorio sumamente restringido de actividades e intereses.
Las manifestaciones del trastorno varían mucho en función del nivel de desarrollo y de la edad cronológica del niño. A veces el trastorno autista es denominado "Autismo Infantil Temprano", "Autismo Infantil" o "Autismo de Kanner".
Las deficiencias de la interacción social son duraderas. Puede darse una notable afectación de la práctica de comportamientos no verbales múltiples (p. ej., contacto ocular, expresión facial, posturas y gestos corporales).
Puede existir una incapacidad para desarrollar relaciones con sus pares, adecuadas al nivel de desarrollo, incapacidad que puede adoptar diferentes formas a diferentes edades. Los niños de menor edad pueden tener muy poco o ningún interés en establecer lazos de amistad. Los de más edad pueden estar interesados por unas relaciones amistosas, pero carecen de la comprensión de las convenciones de la interacción social.
Puede faltar la búsqueda espontánea de disfrutes, intereses u objetivos compartidos con otras personas (p. ej., no mostrando, llevando o señalando objetos que consideran interesantes).
Puede estar presente una falta de reciprocidad social o emocional (p. ej., no participando activamente en juegos sociales simples, prefiriendo actividades solitarias o implicando a otros en actividades sólo como herramientas o accesorios mecánicos).
Con frecuencia el sujeto tiene sumamente afectada la conciencia de los otros. Quienes sufren este trastorno pueden prescindir de otros niños (incluyendo sus hermanos), carecer de todo concepto relativo a las necesidades de los demás o no percibir el malestar de otra persona.
También es muy notable y persistente la alteración de la comunicación, que afecta tanto las habilidades verbales como las no verbales. Puede producirse un retraso del desarrollo del lenguaje hablado o incluso su ausencia total. En las personas que hablan cabe observar una notable alteración de la habilidad para iniciar o sostener una conversaci6n con otros, o una utilización estereotipada y repetitiva del lenguaje o un lenguaje idiosincrásico.
También se observa una falta de juego usual espontáneo y variado o de juego imitativo social propio del nivel de desarrollo del sujeto.
Cuando se desarrolla el habla, el volumen, la entonación, la velocidad, el ritmo o la acentuación pueden ser anormales (p. ej., el tono de voz puede ser monótono o se formulan finales de frase con entonación interrogativa).
Las estructuras gramaticales suelen ser inmaduras e incluir un uso estereotipado, y repetitivo del lenguaje (p. ej., repetición de palabras o frases prescindiendo de su significado; repetición de rimas o de lemas comerciales) o un lenguaje metafórico (esto es, un lenguaje que sólo puede ser comprendido claramente por quienes están familiarizados con el estilo comunicativo del sujeto).
Puede ponerse de manifiesto una alteración de la comprensión del lenguaje merced a la incapacidad para comprender preguntas, instrucciones o bromas simples.
El juego imaginativo suele estar ausente o notablemente alterado. También tienden a no implicarse en las rutinas o juegos imitativos simples propios de la infancia o la primera niñez, o lo hacen sólo fuera de contexto o de una manera mecánica.
Los niños con trastorno autista cuentan con unos patrones de comportamiento, intereses y actividades restringidos, repetitivos y estereotipados. Pueden demostrar una preocupación absorbente por una o más pautas de interés restrictivas, y estereotipadas que resultan anormales, sea en su intensidad sea en sus objetivos; una adhesión aparentemente inflexible a rutinas o rituales específicos, no funcionales; manierismos motores repetitivos y estereotipados; o una preocupación persistente por partes de objetos.
Los niños autistas despliegan una gama de intereses marcadamente restringida y suelen preocuparse por alguno muy limitado (p. ej., recopilando datos sobre meteorología o estadísticas de fútbol). Pueden alinear un número exacto de juguetes del mismo modo una y otra vez, o reproducir repetitivamente los comportamientos de un actor de televisión. Pueden insistir en la identidad o uniformidad de las cosas y resistirse o alterarse ante cambios triviales (p. ej., un niño pequeño puede experimentar una reacción catastrófica ante un pequeño cambio en el ambiente, como son unas cortinas nuevas o un cambio en la colocación de la mesa del comedor).
A menudo se observa un notable interés por rutinas o rituales no funcionales o una insistencia irracional en seguir determinadas rutina (p. ej., seguir exactamente la misma ruta para ir a la escuela). Los movimientos corporales estereotipados incluyen las manos (aletear, dar golpecitos con un dedo) o todo el cuerpo (balancearse, inclinarse y mecerse).
Pueden estar presentes anomalías posturales (p. ej., caminar de puntillas, movimientos manuales y posturas corporales extravagantes).
Estos sujetos experimentan una preocupación persistente por ciertas partes de los objetos (botones, partes del cuerpo). También pueden resultar fascinados por un movimiento (p. ej., el girar de las ruedas de un coche, el abrir y cerrar de una puerta, un ventilador eléctrico u otro, objeto que da vueltas rápidamente). La persona puede estar intensamente vinculada a algún objeto inanimado (p. ej., un trozo de cordel o una pieza de goma).
La alteración debe manifestarse antes de los 3 años de edad por retraso o funcionamiento anormal en por lo menos una de las siguientes áreas:
interacción social,
lenguaje tal como se utiliza en la comunicación social
o juego simbólico o imaginativo.
Aunque en algunas ocasiones se haya descrito un desarrollo relativamente normal durante 1 o 2 años, no existe típicamente período alguno de desarrollo inequívocamente normal. En una minoría de casos, los padres dan cuenta de una regresión del desarrollo del lenguaje, generalmente manifestada por el cese del habla después de que el niño ha adquirido 5 a 10 palabras.
Por definición, si existe un período de desarrollo normal, éste no puede extenderse más allá de los 3 años.
En la mayor parte de los casos existe un diagnóstico asociado de retraso mental. Aproximadamente el 75 % de los niños con trastorno autista sufre Retraso Mental.
Pueden existir alteraciones del desarrollo de las habilidades cognoscitivas (memoria, razonamiento, etc). El perfil de las habilidades cognoscitivo suele ser irregular, cualquiera que sea el nivel general de inteligencia (p. ej., una niña de 4 años de edad con un trastorno autista puede ser capaz de leer, esto es, presentar una hiperlexia).
En muchos niños con un trastorno autista funcionalmente superior, el nivel de lenguaje receptivo (o sea, la comprensión del lenguaje) es inferior al del lenguaje expresivo (p. ej., vocabulario).
Los niños autistas pueden presentar una amplia gama de síntomas comportamentales, que incluyen hiperactividad, campo de atención reducido, impulsividad, agresividad, comportamientos autolesivos y, especialmente en los niños pequeños, pataletas. Pueden observarse respuestas extravagantes a los estímulos sensoriales (p. ej., un elevado umbral para el dolor, hipersensibilidad ante los sonidos en los contactos físicos, reacciones exageradas ante la luz o los colores, fascinación por ciertos estímulos).
Pueden producirse irregularidades en la ingestión alimentaria (p. ej., dieta limitada a muy pocos alimentos, pica) o en el sueño (p. ej., despertar recurrente o balanceo nocturno).
Puede presentarse alteraciones del humor o la afectividad (p. ej., reír o llorar sin motivo observable, ausencia aparente de reacciones emocionales).
Cabe observar una ausencia de miedo en respuesta a peligros reales y un temor excesivo en respuesta a objetos no dañinos.
Suelen presentarse distintos comportamientos autolesivos (p. ej., cabezazos o mordiscos en los dedos, las manos o muñecas).
En la adolescencia o en los inicios de la vida adulta, los sujetos con trastorno autista y capacidad intelectual suficiente pueden deprimirse en respuesta a la toma de conciencia de sus graves déficit.
En el trastorno autista pueden observarse distintos síntomas o signos neurológicos no específicos (p. ej., reflejos primitivos, retraso del desarrollo de la dominancia manual).
A veces el trastorno se presenta asociado a una enfermedad neurológica o médica (p. ej., encefalitis, fenilcetonuria, esclerosis tuberosa, síndrome del X frágil, anoxia connatal, rubeola materna). Alrededor del 25 % de los casos experimenta crisis convulsivas (particularmente en la adolescencia).
Por definición, el inicio del trastorno autista es anterior a los 3 años de edad. En a1gunos casos los padres explican que se preocuparon por el niño desde el nacimiento o muy poco después dada su falta de interés por la interacción social.
Durante la primera infancia las manifestaciones del trastorno son más sutiles, resultando más difíciles de definir que las observadas tras los 2 años de edad. En una minoría de casos el niño puede haberse desarrollado normalmente durante el primer año de vida (o incluso durante sus primeros 2 años).
El trastorno autista tiene un curso contínuo. En niños de edad escolar y en adolescentes son frecuentes los progresos evolutivos en algunas áreas (p. ej., inter6s creciente por la actividad social a medida que el niño alcanza la edad escolar).
En el trastorno autista, la naturaleza de la alteración de la interacción social puede modificarse con el paso del tiempo, pudiendo variar en función del nivel de desarrollo del individuo.
En los niños pequeños cabe observar incapacidad para abrazar; indiferencia o aversión hacia las manifestaciones de afecto o de contacto físico; ausencia de contacto ocular, respuestas faciales o sonrisas dirigidas socialmente, e incapacidad para responder a la voz de sus padres. Como resultado de todo ello, los padres pueden estar inicialmente preocupados ante la posibilidad de que su hijo sea sordo.
Los niños autistas pueden tratar a los adultos como seres intercambiables o aferrarse mecánicamente a una persona específica. A lo largo del desarrollo, el niño puede hacerse más dispuesto a participar pasivamente en la interacción social e incluso puede interesarse más por dicha interacción. Sin embargo, incluso en tales circunstancias, el niño tiende a tratar a otras personas de modo desusado (p. ej., esperando que los demás respondan a preguntas ritualizadas de forma específica, teniendo un escaso sentido de los límites de los demás y actuando de manera inadecuada en la interacción social).
En los sujetos de más edad cabe observar un excelente rendimiento en tareas que implican memoria a largo plazo (p. ej., horarios de trenes, fechas históricas, fórmulas químicas o recuerdo exacto de letras de canciones escuchadas años antes), pero la información en cuestión tiende a repetirse una y otra vez, sea o no sea propia en relación con el contexto social.
Algunos se deterioran comportamentalmente durante la adolescencia, mientras que otros mejoran. Las habilidades lingüísticas (p. ej., presencia de lenguaje comunicativo) y el nivel intelectual general son los factores relacionados más significativamente con el pronóstico a largo plazo.
Los estudios de seguimiento realizados hasta la fecha sugieren que sólo un pequeño porcentaje de sujetos autistas llega a vivir y trabajar autónomamente en su vida adulta. Alrededor de un tercio de los casos alcanza algún grado de independencia parcial. Los adultos autistas que funcionan a un nivel superior continúan teniendo problemas en la interacción social y en la comunicación, junto con intereses y actividades claramente restringidos.
Aun no se han determinado las causas del Autismo, pero existen distintas teorías que desde distintos modelos intentan aproximarse a las raíces de este trastorno.
El primer grupo hace referencia a los factores genéticos, cromosómicos y variables neurobiológicas. Un 10-20% de los casos admite la presencia de un factor genético. La hipótesis del "cromosoma X frágil" es la más dominante. Aparentemente faltaría una porción en es extremo distal del brazo largo del cromosoma X. Sin embargo las investigaciones continúan siendo poco concluyentes.
Por otro lado, otros autores respaldan la idea de que existe cierta herencia del Trastorno Autista. Los resultados demuestran una relativa responsabilidad de los genes al comparar la frecuencia de autistas en la población general con la frecuencia del trastorno entre hermanos, que se sitúa en un 3-5%.
Hoy están de acuerdo todos los investigadores que el Autismo Infantil es un síndrome conductual con un origen claramente biológico. Sin embargo, aunque se sospecha la influencia de factores genéticos, infecciosos, bioquímicos, inmunológicos, fisiológicos, etc., no se ha llegado a establecer una causa concreta.
En cuanto a los procesos infecciosos, el virus de la rubeóla parece ser el más influyente en los casos de Autismo, aunque también se relacionan otras infecciones intrauterinas y posnatales producidas por diferentes virus (citomefalovirus, sífilis, herpes simples, etc.).
También existe la hipótesis que los autistas poseen el sistema inmunológicos alterado, posiblemente como consecuencia de un defecto genético de los linfocitos T, lo que disminuiría la resistencia del feto a los ataques víricos. Esto ha llevado a pensar a que el Autismo sea un Trastorno Autoinmune.
Varias enfermedades metabólicas han sido relacionadas con el Autismo. Una de ellas es la fenilcetonuria. Sin embargo, en la actualidad, el hallazgo que ha cobrado más interés es la existencia de la hiperserotoninemia.
Desde la neurobiología muchos autores han planteado una disfunción en los lóbulos temporales.
Probablemente el Autismo no se deba a una causa única, sino a varias que son responsables de las diferencias de los subtipos de Autismo existente.
Tratamiento
Los objetivos del tratamiento son reducir los síntomas de conducta y ayudar al desarrollo de las funciones retrasadas, rudimentarias e inexistentes, como las funciones de lenguaje o cuidado personal. Además, los padres, casi siempre abatidos, suelen necesitar apoyo y ayuda psicológica.
La psicoterapia individual introspectiva a demostrado no ser efectiva. En la actualidad los tratamientos preferidos son los métodos educativos y de conducta.
El aprendizaje en clases estructuradas, combinado con otros métodos conductistas, es el tratamiento más efectivo para muchos autistas. La formación cuidadosa de los padres sobre los conceptos y destrezas de modificación de conducta y la resolución de sus dudas puede producir un avance considerable en las áreas de conducta lingüística, social e intelectual.
Aunque no se conoce ninguna sustancia especial para el tratamiento del Trastorno Autista la administración haloperidol reduce algunos síntomas y acelera el aprendizaje. El fármaco disminuye la hiperactividad, los estereotipos, el aislamiento, la inquietud, las relaciones anormales con los objetos, la irritabilidad y los afectos inconstantes. |
Bibliografía
Belloch, A; Sandín, B. (1996): "Manual de Psicopatología". McGraw-Hill/Interamericana de España.
Kaplan, H.; Sadock, B.; Grebb, J. (1997): "Sinopsis de Psiquiatría". Baltimore, Maryland, William Wilkins; Argentina, Editorial Panamericana.
Primera publicación realizada por la American Psychiatric Association: "DSM –IV, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales" (1995). Barcelona. Masson.
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