| Todo empieza con un secreto... |
Con el tiempo muchas relaciones dejan de funcionar, y es útil saber no sólo por qué ha sucedido (pérdida de intimidad, de pasión, de compromiso, etc.), sino también cómo ha sucedido. La socióloga Diane Vaughan se ha preguntado qué ocurre cuando una relación se " avería ".
Según Vaughan, el distanciamiento, o lo que ella llama " desemparejamiento ", se inicia con un secreto. Uno de los miembros de la pareja empieza a sentirse incómodo, una incomodidad que puede aparecer en las primeras etapas de la relación, incluso antes de la boda, o al cabo de unos años. Pero lo esencial es que la quiebra del compromiso siempre empieza unilateralmente y sin despertar sospechas: en general, el individuo insatisfecho no suele decir nada. Unas veces ni siquiera es consciente de que algo anda mal o de qué se trata exactamente; otras, no tiene ni idea de cuáles pueden ser las consecuencias de sus sentimientos: ¿conducirán a una separación o sólo son temporales y se desvanecerán en cualquier momento? Debido a que el miembro insatisfecho de la pareja no quiere decir nada sin estar completamente seguro de lo que está pasando, crea un mundo privado en el que pueda reflexionar sobre sus sentimientos. Sería mejor para todos si manifestara su insatisfacción, pero con frecuencia la comunicación no se establece. La teoría de Vaughan se centra, básicamente, en cómo una pérdida de intimidad puede conducir, lentamente, paso a paso, a la rotura del compromiso.
Al crear este mundo privado, el individuo insatisfecho, casi siempre sin darse cuenta de ello, provoca un corte en la comunicación: aunque no reconoce necesariamente estar mintiendo, retiene información que sería importante para su pareja. El secreto le permite meditar, desarrollar planes y tomar una decisión sobre lo que debe hacer. Entretanto su compañero, al no tener ni idea de aquella insatisfacción, se ve impotente para resolver la situación. Por fin, el miembro insatisfecho – el iniciador – empieza a canalizar su malestar hacia la pareja, pero le resulta difícil, porque es muy posible que ésta todavía no haya tenido tiempo de hacerse una composición de lugar. Incapaz de manifestar directamente y con precisión cuál es la fuente de insatisfacción, el iniciador no se suele enfrentar frontalmente con su pareja de un modo que permita a ésta hacerse una idea global del problema, sino que, por el contrario, expresa su malestar de formas muy sutiles, muchas de las cuales el compañero de relación ni siquiera las considera como indicadores de una insatisfacción general.
Vaughan señala que con los primeros intentos de comunicar su infelicidad, lo que pretende, en parte, el iniciador es salvar la relación. Al manifestar su insatisfacción, pretende cambiar el comportamiento de su pareja o la marcha de la relación, con el propósito de crear una situación más aceptable. Pero casi nunca lo consigue, y no es de extrañar, porque su pareja aún no se ha apercibido de la naturaleza y magnitud de la insatisfacción. En efecto, algunas de las observaciones del iniciador no sólo no revelan las fuentes de su malestar, sino que más bien lo camuflan, prolongando su estado de infelicidad, mientras que la pareja no está en situación de hacer absolutamente nada al respecto.
El iniciador, descontento con la relación, busca fuentes de satisfacción alternativas (actividades fuera del hogar, nuevos amigos o una aventura amorosa). En este momento la pareja puede empezar a preguntarse qué esta ocurriendo y por qué. Es posible que atribuya los cambios a una segunda infancia o a alguna correría sentimental, cuando en realidad la verdadera fuente de insatisfacción es la propia relación. Al final, el iniciador creará una vida social independiente, dedicándose una cantidad cada vez mayor de tiempo y de energía. Por lo que a la pareja se refiere, lo más probable es que esta nueva vida le esté vedada y ni siquiera llegue a conocer todo lo que se cuece en ella.
A menudo el iniciador entablará una nueva relación, sexual o no, pero esta vez sí, llena de significado, como una fórmula para disipar la insatisfacción y la frustración, y de encontrar una alternativa. La nueva relación, que incluso se puede basar, en parte, en una fantasía, puede satisfacer la necesidad de establecer nuevos lazos afectivos, una situación que, a su vez, incrementa la necesidad de secretismo, de manera que el abismo que separa al iniciador y a su pareja suele ensancharse.
Con el distanciamiento sucede, en muchos aspectos, todo lo contrario de lo que acontece cuando el individuo se siente atraído, inicialmente, por alguien. Al enamorarnos, casi siempre nos concentramos en los rasgos favorables del amado. Descubrimos nuestras similitudes y nuestra compatibilidad con la nueva pareja, y nos esforzamos por considerar complementaria cualquier divergencia. A medida que la relación va evolucionando, se produce el fenómeno que se conoce como del " ángel caído ", y queda claro que nadie puede alcanzar aquel nivel de perfección en el que tantas esperanzas habíamos depositado. Pero si la relación empieza a debilitarse, el enfoque del iniciador se desplaza hacia las cualidades desfavorables de la pareja, a la que se redefine, entonces, en función de sus características merecedoras de objeción. Se concentra en lo que le diferencia de su pareja, considerándola ahora perturbadora y carente del menor atractivo. Probablemente el iniciador reelaborará la historia de la relación, detectando aspectos negativos donde antes había aspectos positivos. De la noche a la mañana, la relación se contempla bajo una luz nueva y desfavorable, y el iniciador se convierte en una víctima del hecho de que no exista ningún relato histórico objetivo del pasado, remodelándolo a su antojo para adaptarlo a las necesidades del presente.
Su creciente insatisfacción se hace más evidente, tanto a los ojos de los demás como a los suyos propios. Mientras que antes pudo haber expresado su descontento con la esperanza de echar un salvavidas a la relación, ahora intenta convencer a su pareja de que todo anda mal y de que no vale la pena esforzarse por cambiarlo. El iniciador expresa su insatisfacción no sólo a la pareja, sino también a los demás, informando a sus amigos íntimos que, en su relación personal, las cosas no van como deberían ir. Puede bromear sobre su pareja, emitir alguna que otra exclamación de cólera o hacer sutiles comentarios de descrédito, pero el mensaje debe transmitirse de un modo u otro. Es probable que el iniciador evite a quienes tienen algún interés en que la relación siga adelante, porque le incomodan, y durante este período sólo seleccionará a sus amigos entre aquellos que estén dispuestos a apoyar sus intenciones.
En esta etapa es muy habitual que el iniciador haya encontrado a una persona de transición, es decir, alguien que le ayuda y que está a su lado en estos momentos difíciles, y que empieza a desempeñar un papel cada vez más decisivo en su vida. La persona de transición, que puede ser un amante o un amigo, es alguien que contribuye a que el iniciador se libere de la antigua relación. En ocasiones puede haber más de una, asumiendo roles diferentes. Por ejemplo, un psicoterapeuta y un amante desempeñan funciones diversas, ayudando, cada cual a su manera, a que el iniciador deje atrás una vieja vida y encuentre otra nueva.
A medida que el iniciador expresa con una mayor frecuencia y vehemencia su creciente descontento, la percepción social de la pareja puede cambiar. Su relación suele considerarse angustiosa. En ocasiones, el compañero sentimental puede ser el último en enterarse de cómo han surgido los problemas. Los iniciadores suelen recabar información sobre la transición que están experimentando, ya sea a través de libros, revistas, películas, obras de teatro u otros medios. Cuando saben cómo se las ingeniaron otras personas para afrontar situaciones similares, intentan aplicarlo a su propia experiencia. El iniciador empuja hacia una nueva vida, al tiempo que una fuerza invisible tira gradualmente de él para liberarlo de la anterior. A medida que él y su pareja se van distanciando el uno del otro, se incrementa el rol de sus respectivos amigos. Antes, el énfasis en la relación residía en las amistades y conocidos mutuos; ahora cada cual busca su propio grupo de apoyo.
Existen comportamientos simbólicos que pueden adquirir una especial relevancia durante este período, tales como que el iniciador se quite el anillo de bodas – al que, de repente, parece haberse vuelto " alérgico " – o la erradicación de acciones que solían hacerse conjuntamente y que ahora se hacen por separado, como por ejemplo ir de excursión. En estos momentos el iniciador está muy alejado de la relación, mientras que la pareja aún puede permanecer vinculada estrechamente a ella, pues sigue siendo fundamental para su vida y su identidad, y es probable que ni siquiera se haya planteado seriamente lo que está sucediendo.
Con frecuencia, parece increíble que dos personas puedan vivir juntas cuando una de ellas se ha distanciado sustancialmente de la otra sin que ésta lo haya advertido. Muchas veces las parejas afirman desconocer completamente o ser sólo vagamente conscientes de las cosas que no han ido bien en la relación. Al mismo tiempo, el iniciador suele asegurar haber hecho repetidos esfuerzos para advertir a su pareja acerca de la gravedad de la situación. Es evidente que se ha producido un corte en la comunicación, porque ambos ven la misma situación de un modo diferente.
En opinión de Vaughan, lo que ha ocurrido es que los miembros de la pareja han actuado en connivencia para encubrir el asunto. El iniciador es indirecto y sutil a la hora de protegerse a sí mismo o a ambos componentes de la relación, mientras que la pareja cree todo lo que se dice un poco a ciegas, sin intentar encontrar un significado más profundo. Si el iniciador se queja una y otra vez, la pareja considera su actitud desde un punto de vista literal y no como sintomático de un problema más profundo en la relación. Aunque quizá reconozca que algo anda mal, la pareja tiende a contemplarlo como un hecho normal que forma parte de las relaciones entre dos personas. Asimismo, es posible que no airee la situación ya que según el criterio dominante en nuestra sociedad, los problemas conyugales deberían ser siempre una cuestión privada, mientras que el iniciador, para el que la relación no es sino la crónica de una muerte anunciada, suele manifestar públicamente su insatisfacción. Por otro lado, la pareja puede pensar que los problemas no residen tanto en la relación como en el propio iniciador, aconsejándole que consulte a un profesional o que busque cualquier otro tipo de ayuda. Irónicamente, al hacerlo, el iniciador encuentra un nuevo aliado en su marcha hacia el desemparejamiento. Dado que, por la propia naturaleza de la terapia, el paciente se ve estimulado a reafirmar sus puntos de vista, todo parece apuntar a que la situación se definirá en términos satisfactorios para él, no para la pareja.
Al final, la connivencia se derrumba y el encubrimiento fracasa. A partir de ahora, los enfrentamientos serán directos. El iniciador, que ya se ha distanciado lo suficiente y que está seguro de su deseo de echar por la borda la relación, se vuelve más atrevido, ya que tiene menos que arriesgar si expresa con claridad sus sentimientos. Para él, ahora la cuestión ya no es si debe o no abandonar a su pareja, sino cómo puede llevarlo a la práctica. Es posible que en este momento empiece a hacer preparativos específicos para una nueva vida, tales como abrir una cuenta bancaria secreta o la ocultación de patrimonio frente a su pareja. Tal vez consulte con un abogado y empiece a diseñar un plan de " fuga ". Incluso es probable que tenga in mente una fecha concreta para comunicar a su pareja la decisión de separarse de ella. A medida que se aproxima el día D, el iniciador ultima los preparativos de su nueva vida, aunque, a menudo, surge un imprevisto (problemas de salud, de trabajo, etc.), que le obliga a posponer temporalmente la fecha prevista de separación.
En general, llegados a este punto la pareja empieza a darse cuenta de que algo no marcha bien en la relación, mientras que el iniciador la da por terminada. Surge el enfrentamiento, aunque el iniciador no está dispuesto a responsabilizarse de él, sino que intenta desviar la carga del conflicto, o una parte de la misma, hacia la pareja. En ocasiones incluso la aguijonea más acusándola de algún " error fatal ", un comportamiento que el iniciador tilda de absolutamente inaceptable y que puede consistir no sólo en una acción, sino también en una omisión: dejar de hacer algo que él considera necesario. Por ejemplo, si la pareja reacciona con una gran explosión emocional, el iniciador puede decir que eso viene a demostrar lo que ha sospechado durante mucho tiempo: que es una persona completamente irracional. A partir de ahora reducirá el grado de interacción con la pareja y también cabe la posibilidad de que inicie una estrategia de reiterada infracción de las normas tácitas que regían en la relación. Por su parte la pareja, que por fin se da cuenta de que algo está funcionando estrepitosamente mal, puede pasar a desempeñar el rol de detective, intentando averiguar lo que subyace debajo del problema, etc., ya sea personalmente o a través de algún informador externo.
Cuando se alcanza el enfrentamiento abierto, ambos se muestran dispuestos a reconocer que los cimientos de la relación están gravemente deteriorados, y es probable que negocien su reflotamiento, aunque no se hallan en pie de igualdad, pues el iniciador tiene la sensación de haberlo intentado en repetidas ocasiones y siempre, claro está, en vano. Se esfuerzan por comunicarse y mejorar la calidad de su relación, pero sin resultados aparentes. Para el iniciador, todo puede haber concluído o, por lo menos, superado el punto de no retorno. De ahí que aunque la pareja haga un tardío, aunque esperanzado, intento de cambiar de actitud, su compañero da la sensación de dejarse llevar, mientras sigue elaborando su plan de escape. La pareja suele conceder una mayor prioridad y dedicar una buena parte de su energía a la relación y a hacer un esfuerzo para persuadir al iniciador de que se quede. Dicho esfuerzo puede salvar perfectamente la relación, aunque lo normal es que no consiga su objetivo, porque su compañero o compañera ha recorrido ya un largo trecho en pos de una vida radicalmente distinta. De algún modo el iniciador ya no es el mismo de antes y puede experimentar la sensación de ser un desconocido para su pareja. Cualquier cambio será superficial y no llegará a la raíz del verdadero problema que aqueja a la relación. Además, puede darse el caso de que éste sea un período de búsqueda para los dos miembros de la pareja y que, en realidad, lo que tienen entre manos no es una relación, sino otra cosa muy diferente: un intento de dar con su paradero. Aunque la pareja pretende encontrar la estabilidad regresando al pasado, la relación parece empeñada en perpetuar su estado de degeneración.
Ahora el equilibrio de poder en la relación se ha roto por completo. El iniciador, como persona menos implicada, ostenta un poder mucho mayor que el de su pareja, ya que la continuidad o la ruptura del compromiso depende exclusivamente de él. En última instancia puede proponer una separación temporal que dará publicidad al estado ruinoso de la relación y que no hará sino distanciarles aún más, si cabe: mientras la pareja puede contemplar la separación como la última esperanza de reconciliación, el iniciador suele considerarla como el primer paso material hacia la finalización definitiva de la relación.
A veces nos preguntamos para quién resulta más cómoda la separación, para el hombre o para la mujer. Con frecuencia, se suele decir que lo es para el varón, aunque sólo sea por motivos económicos. Pero según Vaughan, el rol es mucho más importante que el sexo: el iniciador está mucho más preparado para asumir la separación, ya que durante algún tiempo ha ido asumiendo, progresivamente, un rol independiente, mientras que para la pareja la separación puede ser súbita, con escasa preparación o reflexión previa sobre ella. Eso no quiere decir que la separación no vaya a ser difícil para el iniciador, al que, además, en ciertos casos, la pareja puede intentar complicarle la vida al máximo, a modo de venganza, con la esperanza de demostrarle que su nueva vida será sustancialmente peor que la anterior. No obstante, cualquier intento de la pareja suele tener un efecto " de bumerang ", contribuyendo a que el iniciador se sienta más resuelto a salir de la relación.
El sufrimiento y el dolor que experimentan los dos miembros de la antigua pareja pueden ser equivalentes, aunque para el iniciador se han dilatado en el tiempo. El compañero, para el que todo es muy reciente, puede estar desesperado. Cada cual debe hacer nuevos amigos y conservar algunas de las viejas amistades del matrimonio, lo que suele desencadenar una competencia en toda regla, en la que cada uno de ellos intenta ganar adeptos – hacerlos partícipes de su punto de vista – entre los amigos de la pareja ya separada, a quienes les suele resultar muy difícil seguir siéndolo de ambos, viéndose obligados a elegir. Los hay que renuncian a ello negándose a escoger entre dos personas con las que han mantenido una excelente relación de amistad.
Generalmente lo que empezó como una separación temporal deriva en una separación permanente, porque muchas de las cosas que acontecen durante este período aumentan la independencia de los miembros de la antigua pareja. Es más, pueden llegar a ser tan antagonistas que la menor esperanza de reconciliación acabe desvaneciéndose. Ahora igual que éste en el pasado, la pareja tiene que empezar a descubrir las grietas en la armadura y a definir la relación como algo que, después de todo, quizá no fuese tan maravilloso como imaginaba. Es posible que no desee redefinir negativamente la relación, aunque según Vaughan eso es importante para su bienestar, pues necesita dejarla atrás. La redefinición puede ser dura, sobre todo si la pareja abriga sentimientos latentes de fracaso. Para superar satisfactoriamente la transición, debe ser consciente de que la responsabilidad no es sólo suya, sino compartida.
Lo que sucede durante esta etapa puede parecer extraño en mucho aspectos a los dos miembros de la pareja, porque cada cual se ha convertido en un observador de la vida del otro. Una buena parte de lo que oyen sobre su ex compañero de fatigas procede de terceras personas, ya sean amigos o los hijos. En este momento, ambos deberían haber superado la idea de un posible salvamento de la relación, aunque muchas parejas no lo hacen hasta que el iniciador ha constituido, públicamente, una nueva relación con otra persona.
Aún están a tiempo de reconciliarse, y en ocasiones lo consiguen, pero según Vaughan es muy difícil que eso ocurra. Para lograr una genuina reconciliación, ambos tienen que redefinir positivamente tanto la pareja como la relación, además de modificar la definición pública de sí mismos, que ahora es la de una pareja separada. La reconciliación no puede significar un retorno a la relación anterior, sino una transición hacia algo diferente. Si es un retorno, tendrán muchas posibilidades de fracasar. Sólo funcionará si crean una nueva relación, más fuerte, más duradera y más realista que la que mantuvieron en el pasado.
Como bien ha señalado Vaughan, este proceso de desemparejamiento no se puede aplicar por un igual a todas las rupturas conyugales, si bien muchas de ellas muestran patrones similares. Como socióloga, Vaughan los ha documentado con una extraordinaria brillantez.
Vaughan, D., Uncoupling. Nueva York, Oxford University Press, 1986. |
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